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¿Qué pasa en tu cuerpo cuando haces ejercicio en ayunas?
El ejercicio en ayunas, es decir, entrenar después de varias horas sin ingerir alimentos, comúnmente por la mañana antes del desayuno, se ha vuelto una práctica popular entre quienes buscan perder grasa o mejorar su rendimiento. Sin embargo, lo que ocurre en el cuerpo durante este tipo de entrenamiento es complejo y depende de factores como la intensidad del ejercicio, el estado físico y la alimentación general.
¿Qué significa entrenar en ayunas?
Entrenar en ayunas implica realizar actividad física cuando los niveles de glucosa e insulina en el cuerpo son bajos, generalmente después de un ayuno nocturno de entre 8 y 12 horas. En este estado, el organismo no dispone de energía inmediata proveniente de alimentos recientes, por lo que debe recurrir a sus reservas internas.
Cambios energéticos: tu cuerpo cambia de “combustible”
Uno de los principales efectos del ejercicio en ayunas es el cambio en la fuente de energía que utiliza el cuerpo para funcionar. Este cambio no es inmediato ni absoluto, sino que forma parte de un sistema flexible que el organismo activa según la disponibilidad de nutrientes.
Cuando entrenas después de comer, especialmente si consumiste carbohidratos, el cuerpo tiene acceso a glucosa en sangre y a glucógeno almacenado en músculos e hígado. Estas son fuentes de energía rápidas y eficientes, por lo que el organismo las utiliza de manera prioritaria, sobre todo en ejercicios de intensidad media o alta. La glucosa permite sostener el rendimiento físico, retrasar la fatiga y mantener la intensidad del entrenamiento.
En contraste, cuando haces ejercicio en ayunas, han pasado varias horas sin ingesta de alimentos, lo que provoca que los niveles de glucosa e insulina disminuyan. Como resultado, las reservas de glucógeno comienzan a reducirse, especialmente si el ayuno es prolongado o si se ha tenido actividad previa. Ante esta situación, el cuerpo activa mecanismos alternativos para obtener energía, y uno de los principales es el uso de grasas almacenadas.
Este proceso se conoce como lipólisis, y consiste en la descomposición de los triglicéridos almacenados en el tejido adiposo en ácidos grasos libres y glicerol.
Estos ácidos grasos son liberados al torrente sanguíneo y transportados hacia los músculos, donde se utilizan como combustible durante el ejercicio, especialmente en actividades de baja a moderada intensidad.
Además, en condiciones de ayuno, el entorno hormonal favorece este proceso: los niveles de insulina (que inhibe la quema de grasa) son bajos, mientras que aumentan hormonas como el glucagón y la adrenalina, que estimulan la movilización de grasas. Esto hace que el cuerpo sea más eficiente utilizando lípidos como fuente energética durante el entrenamiento.
Sin embargo, es importante entender que este cambio no significa que el cuerpo deje de usar completamente la glucosa. En realidad, el organismo utiliza una combinación de fuentes de energía, pero en ayunas hay una mayor proporción de energía proveniente de las grasas en comparación con cuando se ha comido recientemente.
Este fenómeno ha dado lugar a la creencia de que entrenar en ayunas “quema más grasa”. Si bien es cierto que durante la sesión se incrementa la oxidación de grasas, esto no necesariamente implica una mayor pérdida de grasa corporal a largo plazo. El cuerpo funciona como un sistema integrado: lo que realmente determina la pérdida de grasa es el balance energético total del día (calorías consumidas vs. calorías gastadas), no solo el tipo de combustible utilizado durante el ejercicio.
Impacto en el rendimiento físico
Aunque hay beneficios metabólicos, el rendimiento puede verse afectado.
Al no contar con suficiente glucosa disponible, el cuerpo puede experimentar:
● Fatiga más rápida
● Menor intensidad en el entrenamiento
● Disminución del rendimiento en ejercicios de alta exigencia
Esto es especialmente relevante en entrenamientos de fuerza o alta intensidad, donde el cuerpo depende más de la glucosa.
Riesgos y efectos secundarios
El ejercicio en ayunas no es adecuado para todas las personas y, aunque puede ofrecer ciertos beneficios en contextos específicos, también implica riesgos que es importante conocer para evitar efectos negativos en la salud.
Uno de los efectos más comunes es la fatiga y los mareos. Al no haber ingerido alimentos durante varias horas, los niveles de glucosa en sangre pueden estar bajos, lo que limita la disponibilidad de energía inmediata para el organismo. Esto puede traducirse en sensación de debilidad, falta de concentración, visión borrosa o mareos durante el entrenamiento. En casos más sensibles, especialmente en personas con tendencia a la hipoglucemia, puede incluso producirse una bajada significativa de azúcar en sangre, generando síntomas como sudoración, temblores o desorientación. Esto no solo afecta el rendimiento, sino que también puede aumentar el riesgo de accidentes durante la actividad física.
Otro riesgo importante es la pérdida de masa muscular. Cuando el cuerpo no dispone de suficientes reservas de glucógeno y las demandas energéticas continúan, puede recurrir a fuentes alternativas, incluyendo las proteínas musculares. Este proceso, conocido como catabolismo muscular, implica la degradación de tejido muscular para obtener aminoácidos que luego se transforman en energía. Aunque esto no ocurre de forma significativa en todos los casos, sí puede suceder en entrenamientos prolongados, de alta intensidad o cuando la persona no tiene una alimentación adecuada a lo largo del día. A largo plazo, esto puede afectar la fuerza, el metabolismo y la composición corporal.
Además, el ejercicio en ayunas puede provocar un aumento del estrés fisiológico. De forma natural, el ejercicio ya eleva los niveles de cortisol, una hormona relacionada con la respuesta al estrés. Sin embargo, cuando se entrena en ayunas, esta respuesta puede intensificarse, ya que el cuerpo interpreta la falta de alimento como una situación adicional de estrés. Un exceso de cortisol de manera sostenida puede tener efectos negativos, como fatiga crónica, dificultad para recuperarse, alteraciones del sueño e incluso mayor tendencia a acumular grasa en ciertas zonas del cuerpo.
¿Quién debería evitarlo?
El ejercicio en ayunas no es recomendable para:
● Personas con diabetes o hipoglucemia
● Quienes realizan entrenamientos muy intensos
● Personas con bajo peso o problemas alimentarios
● Principiantes sin adaptación previa
En estos casos, es mejor entrenar después de ingerir alimentos o bajo supervisión profesional.
Conclusión
Hacer ejercicio en ayunas desencadena una serie de respuestas fisiológicas que reflejan la capacidad del cuerpo para adaptarse a diferentes condiciones energéticas. Sin embargo, estos beneficios no ocurren de manera aislada ni garantizan por sí solos mejores resultados en composición corporal o rendimiento físico. El contexto general, incluyendo la alimentación diaria, el tipo de ejercicio, la
intensidad del entrenamiento y el estado de salud de la persona, juega un papel determinante. Además, como se ha señalado, entrenar en ayunas también puede implicar desventajas, como menor rendimiento, mayor fatiga o incluso efectos negativos si se convierte en una práctica inadecuada o mal planificada.
Por ello, es importante entender que el ejercicio en ayunas no es una estrategia universal ni imprescindible. No existe una única forma “correcta” de entrenar que funcione igual para todas las personas. Mientras que algunos individuos pueden adaptarse bien y obtener beneficios, otros pueden experimentar incomodidad o efectos adversos.
En definitiva, más allá de modas o tendencias, lo realmente importante es adoptar un enfoque personalizado. Escuchar al cuerpo, considerar los objetivos individuales, ya sea mejorar la salud, aumentar el rendimiento o perder grasa, y mantener hábitos sostenibles en el tiempo son los factores clave para lograr resultados. El éxito no depende de entrenar en ayunas, sino de la constancia, el equilibrio y una estrategia bien adaptada al estilo de vida de cada persona.


